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Santiago Eraso hace tiempo aquí… Parafraseando a los teóricos de los sistemas complejos, Ilya Prigogine e Isabelle Stengers, podemos concluir que si examinamos una célula o una ciudad, la misma constatación se impone: no es únicamente que estos sistemas estén abiertos, sino que viven de este hecho, se alimentan del flujo de materia y energía que les llega del mundo exterior. Así pues, nuestras ciudades se asemejan a un conjunto vivo, basado en el intercambio y la cooperación entre unidades demográfica y funcionalmente indispensables para la viabilidad, la renovación y la continuidad de toda sociedad. Nadie debiera considerarse intruso, ni ninguna actividad, ni costumbre prescindible, básicamente porque no existe nadie ni nada que no lo sea. Esta condición heteróclita e inestable de los materiales humanos y sus costumbres no puede mostrarse como un problema sino como una oportunidad para asegurar la supervivencia misma de la sociedad y reclamar lo que corresponde a todos los viejos y nuevos habitantes de nuestras ciudades, aquello que Henri Lefevre llamó ya hace años el derecho a la ciudad.